APUNTES EN BLANCO Y NEGRO
Humberto Echechurre
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Dedico este libro al periodista, amigo y compadre.
José C. Ruiz Ugarteche «El Puma».
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Agradecimientos
Para mi madre Oda, que me dio la vida. Para Ana María, por
su estimulo y apoyo; para mis hijos Ana Laura y Ezequiel; y para
mis nietos: Martína Sofía, Joaquín Kaled y Pía Valentina, las
alegrías de mi vida.
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PRÓLOGO
Desde la propia experiencia y las enseñanzas de Rodolfo
Walsh y Roberto Arlt, cuyos textos (no todos, pero sí en gran
parte de ellos) resultan de la combinación precisa y pertinente
de la investigación, la observación y la literatura, Humberto
Echechurre construye su libro: Apuntes en blanco y negro.
Tal vez este título —que evoca las viejas fotografías en blanco
y negro— pueda leerse como el enunciado de cierta nostalgia
por un periodismo que fue superado por la tecnología de la
información, donde las computadoras reemplazan a la libreta
de apuntes y notas.
Apuntes en blanco y negro se ordena en una serie: «Apuntes
tristes», «Apuntes periodísticos», «Apuntes melancólicos»,
«Apuntes fantásticos», etc.
En algunos de ellos, se advierte la impronta —además de la
de Walsh y Arlt, el primero como periodista de investigación
(Operación masacre y Quién mató a Rosendo), el segundo como
realizador de frescos sociales y de costumbres de notable belleza
y no poco sarcasmo—, la enseñanza de Gabriel García Márquez
que promueve la mixtura entre periodismo, investigación y
narración literaria. El magisterio de García Márquez, respecto
de la crónica y la noticia, se reconoce explícitamente a propósito
del rescate que el escritor realiza de la figura de ese gran periodista
de Salta que fuera César Fermín Perdiguero.
Desde la recepción, pueden inferirse también las marcas de
otros precursores del periodismo de investigación articulado con
la novela, como los son el insoslayable Truman Capote (A sangre
fría) y Tomás Eloy Martínez (La novela de Perón y Santa Evita).
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Más allá de la pertenencia a un género, Humberto Echechurre
narra casos, describe situaciones y construye retratos sociales y
personales, sin perder jamás de vista la función informativa del
periodista, vocación que abrazó desde la adolescencia.
En «Apuntes tristes», el periodista-investigador Ariel Mejías
(como el famoso Mario Conde de Leonardo Padura) averigua,
traza itinerarios, arriesga hipótesis y describe minuciosamente
los tramos de un crimen que horrorizó a toda la Argentina y al
mundo: el caso de las turistas francesas Cassandre Bouvier y
Houria Moumni, violadas y asesinadas salvajemente en San
Lorenzo, una villa veraniega de Salta.
En textos de verdadero compromiso con el público,
Humberto Echechurre señala los puntos de contacto y la
cartografía de otros casos atroces: la desaparición de María Cash,
la hermosa joven que siguiera casi el mismo recorrido que
hicieron Cassandre y Houria, el suicidio de dos niñas amigas y
el asesinato a sangre fría de Ana Gabriela Saldaño. La violencia,
la sinrazón, la crueldad, las perversiones, la droga y el crimen,
se patentizan en los relatos sobre Rodrigo «Hiena» Barrios; los
hermanitos Leguina, violados y asesinados como ajuste de
cuentas, en un acto bestial; la difícil vida de Wilfredo Benítez y
otros. Testimonio de una época, los «apuntes» de este libro,
interpelan a una sociedad violenta, hablan de una crisis
civilizatoria como lo han señalado los especialistas, aluden a la
falta de límites que impone la llamada post- modernidad que
resulta funcional a un sistema económico y político que privilegia
al dinero (amo Absoluto) como centro de todas las relaciones,
denuncian la horrorosa realidad de la guerra y el terrorismo
que se cobra víctimas inocentes como Ramí Al Durra, el niño
árabe acribillado. La ternura, como cuando se narra la historia
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de los hermanitos Leguina y del pequeño Ramí, se entrelaza
con los desenlaces atroces que muestran la dimensión de la
catástrofe a la manera de la tragedia clásica.
Humberto Echechurre hace periodismo de opinión y se
explaya en consideraciones históricas y sociales para interpretar
ciertos hechos, como en muchas notas de la sección que ha
titulado: «Puntos de vista».
Finalmente, desde su fibra más íntima, Echechurre escribe
los afectos: las imágenes estoicas de su padre, su madre, su
abuela, sus amigos y los poetas. El libro se puebla de nostalgia
cuando recuerda al Cuchi Leguizamón, a los escritores Ardiles
Gray, Manuel J. Castilla, Raúl Aráoz Anzoátegui, Teuco Castilla
y a los preclaros modelos, los maestros, Gonzalo Rojas y Nicolás
Guillén, quienes lo guiaron de modo casi misterioso en una
búsqueda que es la búsqueda de la palabra, lo guiaron en sus
viajes, como el que hiciera a La Habana en pos de ese mago que
fue Guillén, buscado y encontrado en la leyenda, en la anécdota
y en la lectura de sus versos.
Por ese personal itinerario, desde la nota y la crónica
periodística, desde los «apuntes» de casos y viajes, Humberto
Echechurre arriba al nombre de sus héroes literarios, modelos
de escritura pero por sobre todo sostenedores de una ética, la
ética del periodista, la ética del escritor.
Liliana Bellone
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APUNTES TRISTES
Ellas serán trece
El periodista siguió preguntando. El nombre de María Cash
aparecía una y otra vez en la conversación. Esa joven, buscando
otros horizontes en la zona norte de Argentina, había
desaparecido sorpresivamente. El ministro intentaba
acomodarse en esa improvisada conferencia con sus finos
modales. Los periodistas, ¿cuándo no?, se preguntó momentos
antes de someterse a esa jauría de avezados olfateadores de
noticias. Sin quererlo, en cada respuesta el atizador alimentaba
más la llama de la sospecha. La información, al principio
devaluada en la tapa de los diarios, fue ganando posición en la
agenda de los medios. María Cash había comenzado en Buenos
Aires el largo viaje a las provincias de Salta y Jujuy, pero nunca
llegó a destino.
«Ministro, ¿esta joven se agrega a otros hechos de
características violentas contra turistas?, preguntó el periodista
Ariel Mejías.
«De ninguna manera este caso puede ser analizado bajo la
óptica de que existe un problema de seguridad en la provincia,
ya que se trata de una turista que realizó un viaje
voluntariamente hasta aquí y que al parecer se fue del mismo
modo».
«¿Usted dejará la campaña política, para dedicarse a
esclarecer este caso?»
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El ministro acusó el impacto del golpe y apuró el paso:
«Pusimos toda la estructura necesaria para que la investigación
se profundice, pero no obstaculizaremos el desarrollo de la
Justicia, porque somos respetuosos de los poderes que están
trabajando. Por ese motivo no puedo adelantar líneas inves
tigativas, ni sus resultados», argumentó, dando por finalizada
la breve entrevista y sin responder a la pregunta específica.
Durante la gestión de este funcionario, la policía no fue capaz
de esclarecer crímenes, y tuvo que salir insistentemente a dar
explicaciones por la vinculación de algunos de sus hombres con
el narcotráfico. Dos de ellos habían sido sorprendidos con 50
kilos de cocaína, inclusive existían datos que comprometían al
Secretario de Seguridad. Se desbarató una operación de 30
millones de dólares, con gente muy pesada en el medio y que no
se quedaría de brazos cruzados.
El periodista volvió a la redacción más intrigado que antes,
su experiencia empezaba a emitir señales preocupantes. Al final,
¿qué representaban 35 años en este ambiente? Simplemente
nada. Después de haber recorrido todas las secciones del diario,
hasta este presente: confinado en policiales. Pero la tarea de
investigación lo apasionaba cada vez más. Rodolfo Walsh había
marcado el camino y hasta el mismo Roberto Arlt, en sus
Aguafuertes porteñas, describió ese particular submundo,
habitado por seres marginales e impredecibles.
Mejías miró los papeles en el escritorio, mientras pensaba:
¡Qué tiempos se avecinan! Argentina transitaba un inusual clima
de violencia; parecía que la barbarie reinaba con absoluta
comodidad, ante la pasividad de las autoridades y la indiferencia
de la justicia. Seguía el caso del boxeador Rodrigo «la Hiena»
Barrios, donde más allá de la gravedad del hecho —la muerte
de una joven madre y su pequeña hija—parecía prevalecer la
condición del ídolo deportivo sobre el hombre común que debía
pagar por un error. Solo una condena ejemplar podría atenuar
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la irresponsabilidad que, en una noche de descontrol, lo llevó a
atropellar a esas dos personas. Sin embargo, la justicia parecía
indiferente. Salta no estaba exenta de ese clima. Muchos casos,
especialmente en los últimos tiempos, mostraban una nueva
conducta violenta de género, precisamente contra el género
femenino.
Desde el amplio salón del diario observó cómo pasaban las
páginas de la edición, buscando el visto bueno final. En ese
escenario el tránsito entre la redacción e internet avanzaba
demasiado rápido, casi abruptamente. No pedía permiso y el
recorrido llegaba de las manos de las redes sociales y de los
propios ciudadanos que, aprovechando la web, buscaban calmar
sus apetencias personales. El rival era tremendo, porque venía
desprovisto de todo recato; por el contrario, tenía una caradurez
a toda prueba. Los «cibercronistas», de repente eran fotógrafos
con una reducida cámara, pero provista de la mejor tecnología
y capaces de presentar una toma con la más clara definición.
También informaban con la sagacidad y la mirada de un
periodista intrépido, graduado con un máster en la mejor
universidad de las comunicaciones sociales: la calle; además de
una libertad aséptica, que desafiaba los puntos y comas de la
línea editorial.
Recordó la historia del periodista que iba a pedir un trabajo
y ante la negativa del editor decía: «Si no hay noticias salgo, y
muerdo a un perro»… Esto era similar. La noticia estaba hasta
en la mirada de un vagabundo, cuyo éxtasis residía en esa colilla
de cigarrillos que le «nicotinizaba» los dedos.
Mientras la tasa de café se enfriaba entre sus manos, escuchó
que un fotógrafo decía: «Son más interesantes los robos a turistas
en San Lorenzo. Me voy para allá».
Ariel Mejías también fue, pero no se conformó con la
explicación demasiado técnica de los funcionarios. Continuó
preguntando y así llegó hasta el guía Lorenzo Puca, convertido
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casi en una postal de la Quebrada. «Qué quiere que le diga si
todos lo saben. Los turistas sienten que los comerciantes se avivan
y que el precio que les cobran es más del 50% de lo que pagan
en la ciudad, aunque hay otras cosas que se tapan. Le cuento
algo: la semana pasada les robaron a dos españolas una cámara
de fotos y una filmadora, muy valiosas, porque estaban haciendo
un trabajo para una revista importante. Cuando yo pregunté
por qué no hacían la denuncia, me contestaron: Para qué… si
después no encuentran nada. Y una de ellas insistió: Oye… la
zona es muy linda, pero sabemos que es una pérdida de tiempo,
lo único que nos interesa es recuperar las fotos sacadas en Tilcara
y Humahuaca».
Puca tenía ganas de hablar, pensó el periodista, y él estaba
dispuesto a escuchar.
«Aquí se callan pero hay un negoción con el tema de las
luminarias. Se licitaron pagando fortunas, pero son pocas las
que funcionan. A la noche es tierra de nadie. Yo le digo, robos
siempre hay, aquí los changos son pícaros. Las llevan a las
turistas para las zonas despobladas, y después ni te cuento. Esto
sucede siempre, acuérdese de ese guía trucho que le dijo a una
turista que para cruzar un río había que sacarse la ropa, para
no enojar a los dioses, y cuando llegaron al otro lado, la violó.
¡Mire qué pijotero!».
«No me vas a decir que aquí se esconde un nuevo caso María
Soledad, y que ahora se agregará María Cash», apuró Mejías.
«Ustedes los periodistas se creen dueños de la verdad, pero
se equivocan. Pregúntele a la Ciega Nicolasa, ella sabe mucho
de esto. Es una mujer de gran sabiduría. Conoce todo, vive en
San Lorenzo, pero cuando llegan los carnavales no la encontrará
porque forma parte de la agrupación ‘La Quebrada’, cuyos
integrantes se juntan y se transforman durante los tres días. A
ella le encanta subirse a la carroza, bailar como una diosa y
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repartir serpentina en esos días. Hay un aroma que la enloquece:
la albahaca. Además la conocen como la hija del maíz».
«¿Y dónde la encuentro?», atinó a preguntar Mejías.
«Vaya al corsódromo, tire la idea de que la quiere entrevistar
y, si le interesa, ella lo encontrará».
La fiesta arrancaba en un escenario de línea recta de 500
metros. Las carrozas se sucedían, la música invitaba a despojarse
de los últimos recatos, las reinas tiraban besos, mientras delante
de las carrozas, los bailarines danzaban frenéticamente. Parecía
que el final del mundo llegaba en esa calle de luciérnagas
multicolores. La espuma irritaba los ojos y la picazón, maravilloso
ardor, necesitaba más agua. Los chicos correteaban, intentando
atrapar una pequeña guirnalda centellante; los pasos de los
bailarines, llevaban inocentemente a un mundo desconocido.
Mejías empezó a contagiarse de ese clima; según lo que había
dicho Puca, debía esperar hasta último momento. Recién cuando
las luces se apagaran debía abordarla. Parece la Telesita
santiagueña; acaso también baile hasta morir, pensó. Intentó
acercarse, pero la primera línea de la agrupación no lo dejó.
Colores desbordantes, formas indescriptibles y los viejos
homosexuales disfrazando sus figuras en la piadosa línea de
colores.
«Tenés que seguirla hasta la Quebrada, un lugar donde la
fiesta dura tres días. No preguntes del presente, dejala que hable
del pasado, después sola irá contando», le habían dicho.
Canela, era un travesti que acompañaba a la Ciega Nicolasa
desde el comienzo del carnaval. Era la sombra y un escollo difícil
de salvar.
«Decime ‘gordi’, vos no tenés cara de murguero. ¿Para qué
la buscás?»
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«Estoy haciendo un trabajo periodístico sobre los carnavales
y las bondades de la chicha. Me dijeron que es una especialista»,
mintió Mejías.
«No le vas a querer decir que es la ‘reina de las chicheras’,
porque allí se pudre todo», replicó el interlocutor.
Al instante, detrás de un cortinado multicolor, apareció.
¿Usted me anda buscando? ¿Para qué?, se anticipó la mujer,
que empezó a desprenderse de sus collares como si fuese otra
piel. Sin saberlo, el periodista empezaba a ingresar en un camino
sin retorno.
«Quiero escribir la historia de los carnavales de Salta, pero
más que nada, quiero saber por qué se prolongan tanto. Hay
gente que se transforma, que heredó esta pasión y la transmite
a sus hijos. Lo pude observar en estos días», argumentó Mejías.
«Después de la alegría, siempre llega la tristeza. La historia
dice que habrá una nueva cultura. Llegará gente… personas
con otros ideales, con otras costumbres, que mostrarán otro
camino. También habrá gente mala, aunque no lo digo yo, ya lo
decía la Uyapuca», sostuvo la Ciega Nicolasa.
Pidió un banco pequeño y un vaso con chicha. «Mi abuela
Mercedes solía decir que con chicha y una piedra caliente se
curaba el más bravo resfrío; contaba que, echando chicha en un
jarro y agregándole una piedra bien lavada que fue puesta al
fuego hasta que quede al rojo vivo, después había que echarla
en el recipiente y luego tomar; no había resfrío que aguantara».
La Ciega Nicolasa continuó con el monólogo: «La quebrada
recibe mucha gente. Llegan con otras costumbres, nuevas
vivencias, otros pensamientos y consideran que lo que traen de
otros países es lo que debemos adoptar nosotros. La música, las
fotos, los instrumentos y mucha sorpresa. Nosotros no queremos
que nuestra cultura cambie. Hay gente que viene y cree saberlo
todo, pero se equivoca».
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Mejías se sintió sorprendido por la revelación, a la vez que
se preguntaba cuántos años tendría esa mujer. Imposible definir
su edad. Afuera, el ritmo de los murgueros, mezcla de bailanta
y danza tribal, se alternaba en un extraño escenario. Él, sin que
lo invitaran también se sentó, mientras esa extraña mujer
despedía de su gastado cuerpo un aroma penetrante de albahaca
y mandarina, capaz de seducir al mismo Lucifer.
A la segunda noche la pitonisa parecía esperarlo. «Vi la nota
en el diario sobre los ataques a las turistas extranjeras. Se siguen
juntando los eslabones de atrocidades. Vio esa mujer que degolló
a su hijo de 7 años, porque su madre era amante de su hombre.
El crimen de la chiquita Candela, el padrastro que asesinó al
hijo de su mujer a garrotazos, o las cuatro mujeres muertas en
Buenos Aires, entre las que también había una niña. El mundo
avanza hacia su destrucción», dijo, para agregar en seguida:
«En este año ya fueron nueve las víctimas estranguladas,
apuñaladas, baleadas, golpeadas hasta morir. Una violencia
inusitada contra el género femenino. M’hijo, el machismo es una
de las principales causas de esta fiesta de sangre, mientras los
que mandan miran para otro lado».
Mejías consideró que el silencio era lo mejor frente a esa
misteriosa mujer, que cuando entraba en confianza no paraba
de hablar.
«Le doy una pista: siga el caso de las turistas perdidas en
San Lorenzo. Son dos extranjeras que no aparecen desde el día
15 y las autoridades provinciales están muy preocupadas.
La información se conoció recién el día viernes 29 en los
medios, quizás porque después aparecen, cuando ya nadie se
acuerda».
El sábado, el diario, al igual que la mayoría de los medios,
prioriza los temas deportivos, pero el clima en la redacción no
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era de los mejores. «Parece que tenemos un tema gordo, que
afectará el turismo de la provincia. Vos Mejías, agarralo al
Gaucho, le sacás los descansos y se instalan en San Lorenzo, a
verificar qué pasó con las chicas francesas, de las que hoy, todo
el mundo habla», dijo el jefe de Redacción, en una pequeña
mesa, donde también participaban la mayoría de los editores.
Esta vez no sería un sábado más. Estaba a punto de romperse
la monotonía, al igual que el manual de estilo.
El día domingo, el título principal del diario destacaba:
«Brutal asesinato de dos turistas francesas», y más abajo:
«Encontraron los cadáveres de Cassandre Bouvier, de 29 años,
y Houria Moumni de 23».
Todo coincidía con lo que le había anticipado la Ciega
Nicolasa en la última conversación: «Ellas serán trece», le había
dicho aquel día y el recuerdo lo estremeció.
La noticia empezó a preocupar a la gente, teniendo en cuenta
la geografía del lugar, pero más que nada por la jerarquía
intelectual de las jóvenes. Lo que en principio, parecía como un
hecho más, comenzó a tener trascendencia internacional. Luego
de dos días de búsquedas, un grupo de chaqueños que estaban
realizando un recorrido por el circuito turístico conocido como
la Quebrada de San Lorenzo, halló los cuerpos de Cassandre y
Houria a la ladera de un camino. Los cadáveres de las dos turistas
fueron encontrados en un paseo conocido como El Mirador, a
12 kilómetros de la capital salteña y 1.600 kilómetros al norte de
Buenos Aires.
Ariel Mejías destacaba en su informe: «Desde un principio
trascendió que la policía buscaba entre los lugareños de la
quebrada, al asesino de las dos turistas extranjeras, cuyos
cadáveres fueron hallados en ese paraje el día viernes».
La principal hipótesis apuntaba que las jóvenes fueron
ultimadas a balazos entre el martes 26 y el jueves 28 en ese paseo
turístico.
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En un breve contacto con periodistas, el juez a cargo del
caso resumió: «Estamos ante un caso sumamente complicado.
Ambas víctimas presentan disparos de armas de fuego. Hay
signos de ataque sexual, ropa rota y marcas en los cuerpos. Una
de ellas fue violada, tenía incluso cabellos de su atacante en su
puño cerrado. Hay suficientes huellas en el lugar. Todo esto es
muy loco, agresivo, violento, fuerte. Uno debe abrir un abanico
de posibilidades. Puede haber más de un victimario», argumentó.
Sí, era muy loco y extraño. Más para estas jóvenes, llenas de
vida, que traían un aura de la Sorbona, pero que en esa sucesión
de verdes eran una más. Nadie se había atrevido a desafiar con
las miradas la altivez de esos cerros, y ellas sí. Sus ojos buscaban
respuestas en la oscuridad de la tarde.
Las dos eran unas enamoradas de América del Sur y habían
decidido recorrer el norte argentino. Llegaron procedentes de
Buenos Aires en un ómnibus de la empresa Chevalier. Casi el
mismo recorrido que hizo María Cash. Las jóvenes salieron del
hostal Del Cerro para realizar una excursión, pero jamás
regresaron. Habían comentado a los dueños del hostal que dos
días después se marcharían, y habían dejado allí sus
pertenencias. A nadie le llamaron la atención esos días de
ausencia.
Cassandre tenía en sus retinas, los grandes problemas de
desigualdad y de pobreza, que había observado en Guatemala,
en la República Dominicana y ahora en la Argentina, país que
visitó varias veces; aunque este lugar, parecía el paraíso.
San Lorenzo es una localidad cercana a la ciudad de Salta,
que se destaca por la exuberancia de sus paisajes. Permite
apasionantes paseos y extensas caminatas, a veces con recorridos
de más de siete horas, atravesando bosques a más de 1.800
metros sobre el nivel del mar. También se realizan cabalgatas.
En uno de esos circuitos es posible visitar la quinta de los Vilte,
donde doña Juana Laxi tiene un muy llamativo cultivo de calas.
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Asimismo se organizan circuitos especiales que recorren la villa
y los cerros que rodean a la quebrada, con alturas
impresionantes. La flora es muy llamativa. Se destacan los
helechos, que en el pasado estaban amenazados debido a la
extracción por parte de los propios visitantes.
Tras dos horas y cuarto de caminata, Cassandre de 29 años,
y Moumni, de 23, llegaron hasta El Mirador y quedaron
deslumbradas por el panorama que se ofrecía a su vista. Las
jóvenes e infortunadas turistas tenían frente a sus ojos un nuevo
descubrimiento: Salta en primer lugar, y la villa de San Lorenzo,
con el atractivo de lo desconocido, con un paisaje agreste, pero
revelador, aventurero y a la vez misterioso, encantado y también
peligroso.
Tenían ante sus ojos deslumbrantes cerros, laderas y exóticos
bosques de yungas de la montaña salteña. Llegaron con la
inocencia de la aventura, aferrando una mochila con el candor
de los sueños, pero nunca imaginaron la barbarie que se escondía
en la garganta de una quebrada.
Cassandre y Houria, deslumbradas por las bellezas naturales,
ignoraban que el tránsito de la tarde hacia el crepúsculo sería
interrumpido de manera violenta. Tomaron dos fotos del paisaje,
de nitidez perfecta. Y, cuando iban a disparar la tercera toma,
las atacaron por detrás. Una lástima que vidas tan jóvenes,
ávidas de un nuevo amanecer, inquietas e inteligentes, se
interrumpieran abruptamente por voluntad de otros, en la
estación en que las flores comienzan a nacer.
El reloj marcaba las 16,23 de ese día. Lejos estaban las
investigadoras francesas de suponer que al inicio de aquella
caminata ya habían sido elegidas, porque sus agresores las habían
marcado apenas ingresaron a la reserva.
Sus atacantes midieron los tiempos. Buscaban algo distinto.
No fueron tras una costosa cámara fotográfica, tampoco detrás
de una filmadora. Fue una cuestión de piel y el destino los
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enfrentó, aunque con distintas armas. Ellos escondidos tras las
misteriosas sombras de la cobardía, ellas de cara al aire natural
que se esparcía por la montaña. A lo lejos, las imágenes de Salta.
Cerca, muy cerca, acechaba el horror. Mientras emprendían la
caminata de casi dos kilómetros hasta El Mirador, ellos,
conocedores como pocos del cerro, cortaron camino por un atajo
y las esperaron. Ingresaron en el circuito turístico por una de
las laderas más escarpadas, el sendero de La Loma. Por una
entrada que sale detrás de El Castillo —una edificación pétrea,
ícono de San Lorenzo—, ascendieron por la ladera, traspasaron
un cerco perimetral de alambre y se perdieron entre la espesa
vegetación hasta llegar a El Mirador. Allí se ocultaron en el
bosque.
«Cassandre fue ejecutada de un disparo en la cabeza, cuando
estaba de rodillas. Tenía muchísimos golpes, según la autopsia.
Houria recibió un disparo en la espalda, otro que le rozó el brazo,
pero presentaba además fuertes golpes en distintas partes del
cuerpo», contó el juez.
Eran las 18.35 del día del ataque cuando la cámara cayó al
piso y se disparó. Ese mismo día y con el sabor de la impunidad,
a las 19,50, Gustavo Lasi —que luego resultó el principal
implicado— encendió el celular de Houria, pero antes le cambió
el chip.
Con esa primera acción y las escuchas que sobrevendrían
después, el juez de la causa ordenó la detención de siete personas;
entre ellas Gustavo Lasi, que en su declaración inculpó a Daniel
Vilte y Santos Vera.
«¿Y qué me dice, periodista?», interpeló la Ciega Nicolasa
en la tercera noche del encuentro que pasó a ser la de las
revelaciones. «Ahora ¿cómo presentarán estas muertes a la
sociedad y al mundo? Seguramente dirán de nuevo que la
provincia es muy segura, aunque Francia no se quedará
simplemente con la entrega de los cuerpos. Una de las turistas
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estaba profundizando las relaciones entre América y Europa.
Todo esto me hace recordar el caso del técnico israelí que murió
en un accidente cerca de Metán, cuando iba a realizar una
inspección a una finca del gobernador de aquellos años. Estas
chicas eran capaces, no eran simples turistas que venían a sacar
fotos. Tenían valentía, coraje y temperamento. No merecían este
final».
«Tiene razón», respondió Ariel Mejías. «Pero dígame, ¿usted
qué piensa?»
«Hay un detalle muy triste y que habla del abandono; porque
hasta que aparecieron muertas nadie había denunciado la
desaparición, ni tampoco salieron a buscar a las chicas en Salta.
Es extraño porque pasaron 14 días. Y mientras no cambie la
opinión que tienen muchos funcionarios de que la violencia
contra las mujeres se debe a que nosotras nos la buscamos, esto
seguirá igual. La gente debe cambiar, aunque también nosotras
debemos hacerlo, porque el dolor de una mujer en cualquier
parte del mundo debe ser el dolor nuestro. La Uyapuca ya lo
decía: las mujeres seguiremos siendo víctimas de la violencia
femicida, que hoy como un fantasma recorre nuestro territorio».
«¿Usted cree que Gustavo Lasi es el principal culpable?»,
preguntó Ariel Mejías.
«Estoy siguiendo todo este crimen de las muchachas y hay
un comisario que sabe más de lo que parece. Creo que es honesto,
pero tengo miedo de que le suceda algo. Para mí la violación y
el asesinato de mujeres jóvenes es un mensaje para todas las
mujeres: no salgas, no te atrevas, no seas libre. Y de paso para
los hombres: cuida a tus mujeres, a tu esposa, a tus hijas, no
investigues. Más claro, échele agua m’hijo».
Mientras las sospechas continuaron a pesar del fallo de la
Justicia, el padre de Cassandre escribió una emotiva carta en el
diario parisino Le Monde: «En Salta, en el norte de Argentina,
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mi hija Cassandre fue golpeada, violada y asesinada de un
disparo en el medio de la frente». En la morgue del hospital de
Salta, sus grandes ojos negros helados de espanto pero plenos
de trágica determinación, así como las numerosas marcas del
desencadenamiento de las violencias padecidas por su cuerpo,
no petrificaron de horror al padre, la madre, el hermano y la
hermana llegados hasta allí para honrar por última vez sus
despojos y llevarla de regreso a Francia.
«Para aliviar mi dolor, pedí a la presidente de los argentinos,
la edificación de una estela conmemorativa en el sitio. Gracias,
Cassandre, por infundirme tu generosidad, tu entusiasmo y tu
corazón. Houria y tú son, desde ahora, para nuestras familias,
ángeles inseparables, heroínas para todas las mujeres argentinas
y francesas».
En esos momentos el periodista Ariel Mejías dio paso al
hombre y recordó las palabras de la Ciega Nicolasa:
«Veo dos estrellas en el cielo, una como una explosión de
colores se va en un vuelo permanente, la otra no se quiere ir, es
como si quisiera seguir cerca de la tierra. Es extraño, pero ambas
luces se prenden y se apagan. La Uyapuca decía: esos hombres
son hijos del demonio. Traen el mal, mucha sangre, llanto y
tristeza nos espera. Será una luna, en donde el mayor
ofrecimiento serán las mujeres. Ellas serán trece o más…quién
sabe…»
El periodista repasó: Natalia Velarde, de 16 años; Juana
Flores, en Orán; Leticia Zambrano, Carolina Rueda, Marcela
Aillón, Ivana Vaca, Tamara Hoyos, Cintia Fernández, Angélica
de Marche, y otras.
La verdad —pensó Mejías— que la muerte de mujeres en los
últimos meses en Salta, en un clima inusitado de violencia,
sumaban once. ¡Se equivocó la Ciega Nicolasa!, reflexionó el
periodista, sin saber que el calendario del horror estaba a punto
de dar vuelta otra página.
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Al cumplirse un año de la muerte de Cassandre y Houria,
casi a la misma hora, pero en un barrio ubicado al sur de la
capital salteña, en un paisaje agreste y a cien metros de un barrio
habitado en su mayoría por gente de clase media, aparecieron
los cuerpos ahorcados de dos jóvenes. Luján Peñalva, de 19 años
y Yanina Nuesch, de 16, habían desaparecido dos días antes,
hasta que las encontraron sin vida en el lugar. No se hallaron
rastros, ni tampoco violencia, tan solo un nuevo misterio.
«Ellas serán trece o más…quién sabe. Tal vez yo no estaré
para verlo».
Houria Moumni y Cassandre Bouvier aparecieron muertas a
doce kilómetros de la capital provincial, luego de estar extraviadas
durante varios días. Las turistas francesas, que estaban de paseo en
Salta, fueron halladas asesinadas a balazos, golpeadas y violadas, en
la Quebrada de San Lorenzo. Hoy existe un condenado, pero
recientemente la Justicia dictó un nuevo fallo que involucra a otros
que estaban en la mira.
Uno de los principales misterios del caso es dónde estuvieron
las jóvenes durante las dos últimas semanas, ya que el último registro
señala que realizaron una caminata por el paseo turístico el 15 de
julio y después se perdió todo contacto
