En los salones sobrios y elegantes del Hotel Salta, donde el tiempo parece avanzar con una cortesía antigua, se realizó el acto conmemorativo por el 34º aniversario del fallecimiento del ex gobernador Roberto Romero, figura emblemática de la historia política salteña y referencia inevitable cuando se habla de conducción, militancia y presencia popular.

No fue un homenaje más. Fue, más bien, una ceremonia de memoria viva. Un encuentro atravesado por la emoción, el respeto y esa nostalgia militante que no se explica con palabras, sino con silencios compartidos y miradas que parecen buscar en el pasado una brújula para el presente.

La conducción del evento estuvo a cargo de Carlos Reynoso, hombre de la primera hora, de esos que no llegaron después ni se sumaron cuando el triunfo ya era noticia: Reynoso fue parte de la construcción inicial, de la trama profunda del romerismo. Con un tono cálido, sereno y afectuoso, abrió el acto con consideraciones cargadas de gratitud y admiración, destacando la estatura humana y política de Romero, y dando paso con orden y elegancia a quienes integraban la mesa homenaje.

El primero en tomar la palabra fue el Dr. en Geología Ricardo Alonso, quien aportó un enfoque particularmente interesante, casi revelador, al recordar que ya en 1983, en plena recuperación democrática, Roberto Romero contemplaba en su plan de gobierno la explotación minera como un eje estratégico para Salta. Pero lo más notable fue la precisión histórica: Romero ya hablaba entonces de la importancia del litio, ese mineral que hoy se ha convertido en pieza clave del ajedrez mundial. Alonso destacó esa visión anticipatoria, esa capacidad de pensar la provincia más allá de la coyuntura y de comprender que el futuro se construye antes de que llegue.

Luego, el micrófono pasó a manos del entrañable “Ciego” Sángari, quien con palabras directas, emotivas y profundamente militantes, delineó aspectos esenciales de la humanidad de Romero. No habló desde el bronce, sino desde la calle, desde la experiencia real, desde esa cercanía que solo poseen quienes caminaron al lado de un líder y pudieron verlo en su dimensión cotidiana: la del hombre simple, firme, sensible y comprometido.

El acto continuó con una voz fundamental, la de la mujer peronista, encarnada en una militante de fuste, de convicciones y de historia: Silvia Troyano, quien recordó con énfasis el compromiso inquebrantable de Romero con los pobres, con los más humildes, con los olvidados. Su intervención fue vibrante, intensa, cargada de esa energía moral que no se aprende: se trae en la sangre. Troyano evocó el cariño genuino que Romero tenía por su pueblo, ese afecto que no era pose ni estrategia, sino una forma de estar en el mundo. Sus palabras resonaron como una reivindicación de la política entendida como servicio y no como espectáculo.

Más tarde, el homenaje tomó un cariz netamente político, con la participación de Walter Wayar, quien recordó la figura de Romero desde la perspectiva de quien comenzó muy joven a su lado y terminó ocupando los más altos cargos institucionales, llegando a ser vicegobernador de la provincia. Wayar destacó cómo muchas de las ideas planteadas por Romero hace casi cuatro décadas conservan hoy una vigencia sorprendente, como si aquel proyecto provincial aún respirara bajo la superficie de la política contemporánea. Su intervención trazó un puente entre pasado y presente, subrayando la profundidad doctrinaria y estratégica del ex gobernador.

Uno de los momentos más pintorescos, vívidos y entrañables del encuentro lo ofreció Luis Borelli, quien compartió una pincelada humana y familiar sobre la infancia de Romero, aportando color, intimidad y un tono casi narrativo que despertó emociones. Fue una de esas intervenciones que humanizan al personaje histórico, que lo bajan del retrato oficial y lo devuelven al terreno de la vida real: la niñez, la familia, el barrio, el origen.

Destacada fue la presencia del actual vicegobernador Antonio Marocco, quien ofreció una evocación sentida y respetuosa, enmarcando el legado de Romero como una referencia insoslayable en la historia institucional de Salta. Marocco habló con el tono solemne que exigía el momento, pero también con la emoción propia de quien comprende que ciertas figuras no se recuerdan: se continúan.

El epílogo del acto estuvo a cargo de un periodista histórico, Juan Gonza, quien señaló que “Roberto Romero me reconstruyó”, luego de su detención en tiempos de la dictadura militar. Señaló que al dejar aquella injusta prisión, Romero, lo esperó en el aeropuerto interesado en su estado y le puso a disposición amigos y ayuda para que pasase el tiempo de su recuperación. A su regreso, Gonza, trabajó en El Tribuno, llegando a ser su vicedirector y hoy, es una parte viva de esos recuerdos que dejó con su humanidad Roberto Romero.

El acto, en su conjunto, fue un recorrido por las múltiples dimensiones de Roberto Romero: el político visionario, el militante apasionado, el conductor estratégico, el hombre cercano al pueblo, el salteño profundo que supo interpretar las necesidades de su tiempo con una intuición casi profética.

Treinta y cuatro años después de su partida, Roberto Romero no fue sólo homenajeado: fue reafirmado. Porque hay dirigentes que mueren y se convierten en fecha. Y hay otros -muy pocos- que mueren y se convierten en memoria activa, en conversación permanente, en nombre que todavía pesa, todavía inspira y todavía convoca.

En el Hotel Salta, esa noche, no se recordó simplemente a un ex gobernador. Se recordó a un estilo de liderazgo. A una manera de caminar la provincia. A una forma de hacer política donde el pueblo no era una estadística, sino un rostro.

Y eso, en estos tiempos de marketing, cinismo y discursos vacíos, no es poca cosa. Es, tal vez, lo más grande.

Por Armando.