Dante Panzeri, definía en su libro «Futbol, dinámica de lo impensado», como un juego simple con reglas claras que produce manifestaciones desbordantes de alegría y tristeza, porque aunque todo contribuya a su grandeza, la base de su secreto es la conexión entre los que juegan adentro y los que juegan afuera. Genial definición de un visionario y talentoso periodista que lo dijo hace más de 58 años. Pareciera que no pasó el tiempo.
Hoy más que nunca esa especie de comunión entre los jugadores y la hinchada se potenció en el estadio de River. Alegría en las tribunas y en la cancha donde la selección apabulló a Brasil por cuatro a uno, superando la goleada de 3/1 de 2005.
En la cancha se divertían con toques, sutilezas y buen juego. En las tribunas la gente, también lo hacía con una felicidad desbordante e invitando con el olé. olé. olé… a sumarse al improvisado baile; hasta el juego de luces desplegadas en el estadio titilaron al compás de una exhibición futbolística en su mejor expresión y que reivindicó al fútbol bien jugado con la emoción del hincha.
En esta orquesta no hace falta un director, tampoco las partituras, olvidadas en un rincón del vestuario, convertido luego en epicentro principal del festejo. En esta selección todos saben lo que tienen que hacer, titulares o suplentes, sin desentonar ejecutan la misma sinfonía, quizás porque el maestro ya la enseñó lo básico: respeto y humildad. Así van sumando galardones con un sólido presente y un auspicioso futuro, que frente a tantas angustia le sacan -de vez en cuando- una sonrisa a los argentinos.
Muchos especialistas sostienen que el país necesita un cambio cultural. Debería ser a partir de una apuesta a futuro y no una promesa de campaña. Se necesita tiempo para recuperar la cultura del esfuerzo, incentivar la «innovación» y la «productividad»; volver a ser «un país normal», aunque todo cambio debe apoyarse en procesos sociales profundos.
Al respecto, en el libro “Arquitectura milagrosa”, de Llàtzer Moix cita parte de una charla con Norman Foster, arquitecto británico, galardonado con el premio Pritzker en 1999 y en la que Foster cuenta que “el futbol es una fuerza poderosa y democrática que reúne a todas las clases sociales, por tanto, un estadio, quizás más que cualquier otro tipo de edificio, es un espacio verdaderamente democrático, y el diseño de un estadio es la expresión mayor de una arquitectura que va más allá de lo estético para incidir en el terreno social”.
Y así lo demostró la selección de Leonel Scaloni.
En definitiva no es que Brasil esté devaluado, lo que sucede es que la selección subió varios peldaños en su idea de transformar individualidades exquisitas en un equipo con variantes que se maneja con la precisión de un reloj suizo. Curiosamente no se notó la ausencia de Lionel Messi, que mucho tiene que ver con el cambio.
Hoy Argentina sigue siendo una cantera inagotable de Buenos futbolistas en dónde la palabra grieta no existe; El propósito que los mueve es juntarse para ir a jugar un partido, divertirse y hacer feliz a la gente, capaz de expulsar en un grito todas sus frustraciones.