Tendría siete u ocho años.
A veces la memoria juega a la escondida en
las paredes de la nostalgia; en otras son postales que vienen para quedarse. Allí aparecen los recuerdos.
Hay un pizarrón misterioso con dibujos entrañables y un lápiz mágico dibujando autos de maderas, soldaditos despintados y un coronel de hojalata, con un traje sin colores, dirigiendo la tropa.
Y allí me veo desenfrenado y feliz junto a mis viejos compañeros.
Esa bicicleta tiene que ser mía –pensé– desde el primer momento que la ví. Las calles fueron testigos de ese irrefrenable deseo; mientras su dueño soberbio y distante se paseaba altanero y soberbio, cada vez más lejos.
A veces como un rayo desfilaba, en otras, más lento, con indiferencia sonreía. Y nosotros, jugando ese partido de alma y vida con una pelota prestada.
Una vez intenté correr para alcanzarla pero me esforcé en vano. Sus pedales eran veloces, casi inalcanzable y cuando estaba a punto de tocarla se esfumaba.
Era como un trueno; de acero su corazón.
Pasaron tantos años y en las carreras de la vida, los moretones del alma pegaban golpes demoledores a la nostalgia.
Un día la encontré. Estaba abandonada. Casi escondida en esa avenida sin retorno. Había perdido colores. Toda despintada y con luces apagada
Era una mueca de hierros retorcidos.
Ya nadie la miraba. Era un despojo. Estaba sin frenos en el túnel del tiempo. Me agache para recogerla La mire y le dije:
sabía que un día serías mía.