Setiembre, la última estación

Han pasado veintiséis años de la muerte del “Cuchi” Leguizamón y su ausencia física está lejos de convertirse en olvido. Es más, en cada rincón dónde la música ocupe un lugar, su nombre revolotea como esos pájaros “chalchaleros”, que lo seguían hasta Buenos Aires. En cada festival donde la música se transforma en una sucesión de interminables notas, alguna se detiene en su creación, cuando los cantores de oficio, en la solidaria entrega con el público ofrecen su repertorio, algún pañuelo inquieto sale a dibujar arabescos con el ritmo de la zamba. Y,  la nueva generación retoma la bandera para recorrer los caminos de la música, a través de la obra del “Cuchi” Leguizamón.

Lo llamativo es que el mundo no deja de investigarlo e indaga sobre su música, sus orígenes, su poesía y todo lo que tiene que ver con su genial y particular mundo.

Claro que internet ayuda a todo esto y lo que el “Cuchi” no pudo lograr con su música lo consigue a través de la tecnología. Aquellos ávidos de conocer su música, su poesía, su vida y nada mejor que a través de las voces de los protagonistas. La rapidez de la palabra, la seducción de su música y el reconocimiento permanente de sus amigos, estarán presentes.

Nació a las once y cinco de la mañana y siempre destacaba que lo sabía porque en una oportunidad se hizo hacer un horóscopo, pero le dio rabia que mintiera menos que él e inmediatamente se puso a agregarle un montón de mentiras más. “Desde entonces tengo una carta astral que yo mismo hice y es lo que podría decirse un autohoróscopo”, recordaba en una de las últimas entrevistas.

El Cuchi Leguizamón fue uno de los defensores del pobrerío salteño. Era un duende genial que aparecía mágicamente donde se lo necesitaba. Un aristócrata pariente del general Arenales y bisnieto de una criolla que luchó al lado de los corajudos y las corajudas de Martín Miguel de Güemes.

El Cuchi fue capaz de escribir “Chacarera del expediente” y burlarse de su propio oficio, y burlarse de todo.

Solo alguien de su dimensión eterna pudo crear esto…

El pobre que nunca tiene/ ni un peso p’andar contento/no bien se halla una gallina/ ya me lo meten preso./ El comisario ladino/ que oficia de diligente/ lo hace confesar a palos/ al preso y a sus parientes/ Y se pasan las semanas/engordando el expediente/ mientras el preso suspira/ por un doctor influyente/ Amalaya la justicia/ vidita los abogados/ cuando la ley nace sorda/ no la compone ni el diablo/ Esta son cosas del pueblo/de los que no tienen nada/esos que se hallan millones/ tienen la Casa Rosada.

Parece escrito hoy. Aquí aparece toda su rebeldía contra los funcionarios corruptos. Toda la mordacidad de alguien que pese a los antepasados de gran alcurnia jamás se olvidó de ser un ponchito protector de su gente. Para empezar nunca dejó de vivir en Salta. Ese fue su lugar en el mundo y su lugar en la vida y en la muerte. Lo enterraron en el cementerio Santa Cruz, regado por un torrontés que se toma lento y viene en damajuana. Dicen que camino al camposanto recitó con su voz cavernosa a modo de despedida que: “Si nada hay tras de la vida/ iré más allacito cantando/ cuando mi sombra florezca azul/ mis huellas se irán borrando.

Cuando publiqué el libro “A solas con el “Cuchi” Leguizamón en 1995 la satisfacción de hacerlo no me dejó de sorprender. A pesar de la distancia casi un año después me llegó una correspondencia desde Holanda, sorprendido la abrí y me encontré con una especie de carta dónde simplemente decía:   Amigo escribo desde la otra parte del mundo porque me enteré un libro suyo sobre el señor “Cuchi Leguizamón. Yo amo su música y soy su admirador. Quiero comprar un ejemplar y le envió mi dirección en Amsterdan. Yo lo pago con mucho gusto pero quiero tenerlo”.

El nombre de este amigo holandés me quedó guardado pero no lo encontré. Pasaron semana y le envié varios ejemplares. Meses después me llegó un pequeño paquete. Grande fue mi sorpresa cuando hallé un cassette y un mensaje más breve. “Simplemente escuché este tema interpretado por un dúo sueco y muchas gracias. Sus libros son un tesoro y lo obsequiaré a quien realmente valore la música”.

Después de casi  treinta años y luego de intensas búsqueda en los rincones más ocultos de mi desordenada biblioteca, que ocupan gran parte de mi domicilio lo encontré. El tesoro perdido pasó de manera urgente a las manos de Rodrigo Saicha, que inmediatamente contestó: me sorprendió el buen sonido de la grabación y del cassette. Que buena calidad la cinta. Realmente un hallazgo.

Ese tesoro musical lo pongo a consideración de los amantes de la música haciendo un click en el QR de la portada de esta revista.

Por Humberto